Fundada en 1961, esta taquería es ya una institución en la CDMX, un punto de encuentro donde el tiempo parece detenerse frente a la Plaza de Toros. Su taco campechano —cecina, longaniza y chicharrón— es un clásico que resume en un solo bocado todo lo que significa comer en la calle con alma y memoria. El lugar huele a historia, a grasa bien usada y a tradición taurina que todavía se respira en las paredes.
Las mesas siempre están llenas, el murmullo constante de vasos y risas se mezcla con el aroma del chicharrón recién hecho. No hay ceremonia, aquí se come con las manos, con hambre y sin prisa. El consomé llega humeante, las carnitas se deshacen, y cada plato tiene el tipo de sabor que te obliga a cerrar los ojos por un segundo. Los meseros son personajes, atentos y rápidos, con ese ritmo aprendido tras décadas de oficio.
No hay trucos ni modernidad forzada, solo comida honesta, directa, con ese equilibrio perfecto entre caos y calidez. Comer aquí es rendirse al antojo y disfrutar del desorden sabroso de la CDMX, ese que no se inventa, se hereda.