La Guerrerense, en Ensenada, es un monumento al sabor de la calle llevado a otro nivel. La señora Sabina Bandera convirtió su carrito de mariscos en una leyenda reconocida mundialmente. Sus tostadas —de erizo, pata de mula o almeja— son pequeñas joyas de frescura y picor. Todo está hecho con mano firme y corazón enorme. Comer ahí es vivir la autenticidad del puerto: el ruido, el sol, el olor a mar. Anthony Bourdain la llamó una de las mejores comidas del mundo, y tenía razón. La Guerrerense demuestra que el sabor no entiende de etiquetas, solo de verdad.