Martínez es una oda a la sencillez bien lograda. Nada parece forzado, y todo encaja con una naturalidad que reconforta. Los ingredientes son locales, las combinaciones inteligentes y los sabores, limpios. Se nota el cuidado detrás de cada preparación, sin necesidad de gritarlo.
Es un restaurante que entiende el valor de lo discreto. Su ambiente invita a quedarse, a conversar largo mientras el vino se acaba sin darse cuenta. Comer aquí es redescubrir el placer de lo esencial.